Me pasó hace tiempo y aunque no recuerdo los detalles, me quedó en la memoria aquella sensación de “ya no quiero seguir”, “esta profesión no es para mí”, “mañana no vuelvo a trabajar”. Es cierto que lo superé, no sé cómo.
Fue una tarde en la redacción. La noticia había empezado su circuito horas antes, en la radio y en los noticieros del mediodía de la televisión. En algún lugar del oeste del conurbano bonaerense, un muchacho murió de un disparo en la cara después de que le tirara otro hombre con el que tuvo una discusión en la calle. Ambos iban manejando, alguno hizo una maniobra indebida y todo terminó con un muerto.
No había más que un hecho policial, pero como algo similar había pasado un par de días antes, la noticia se volvió importante. “Fijate si lo podemos producir, hablar con la familia”, llegó la orden. La cumplí.
El teléfono estaba en la guía. Atendió el padre, me contó lo que había pasado. Cuando terminó, lloró. Me dijo que justo ese día su hijo cumplía años, que la agonía había durado una semana y él no se movió de la sala del hospital. Me confesó, ingenuo y desesperado, que los medios eran su última esperanza. Yo apenas si estaba del otro lado del teléfono. Nisiquiera había ido a verlo, a escucharlo en persona. Corté y me puse a escribir, a cumplir con mi trabajo.
Dijeron algo...