Hace unos día pude ver La crisis causó 2 nuevas muertes, el documental de Patricio Escobar y Damian Finvarb sobre cómo los medios trataron el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán el 26 de junio de 2002 en el puente Pueyrredón.
Además de reconstruir lo sucedido ese día sobre el puente y sus alrededores —es decir, la represión de la policía hacia los manifestantes— el film intenta desentrañar cómo fue la cobertura de los medios sobre esos hechos y por qué el diario Clarín culpa de las dos muertes a “la crisis” y no a la policía que disparó sus escopetas. Sobre todo cuando uno de sus fotógrafos, Pepe Mateos, tenía en su poder y entregó a sus editores las fotografías que muestran al comisario Alfredo Fanchiotti disparando contra Kosteki y Santillán, publicadas un día después de auquella tapa.
El documental es excelente. Tanto en la reconstrucción de los hechos a partir del material que los propios medios le brinda, como en las entrevistas, que demuestran las contradicciones internas en Clarín y que abren la pregunta acerca de si las fotos que probaban el asesinato no se publicaron por desidia, por un error o para encubrir. Es ante esas contradicciones que Julio Blanck, editor jefe del diario, reconoce “un error”.
El contraste entre aquella edición del diario y la verdad es lo que le provoca decir dos frases que pasan desapercibidas pero que son, de algún modo, iluminadoras. La primera surge cuando luego de mirar por un buen rato la tapa con el título “La crisis causó 2 nuevas muertes”, Blanck termina por aceptar: “Es cierto, ese título no dice la verdad”. No lo dice preocupado, sino más bien con intención de olvidarlo, de dejarlo en el pasado. Y entonces otra frase le pone límites a lo que podría haber sido un principio de arrepentimiento: “Nosotros hacemos lo que tenemos que hacer”. Algo así como “mentimos, pero era nuestro deber”.
La actitud de Blanck muestra algo que comenté alguna vez. Es claro que se hace cargo del medio en el que trabaja. Mientras otros periodistas de Clarín aclaran en el documental que ellos escriben la nota pero que cómo se títula y qué se hace con su material ya no les compete, Blanck toma la responsabilidad, quizá, sin que nadie se lo haya pedido.
Da una pitada, gira la cabeza para soltar el humo y sin detenerse ve la máquina ahí, sobre una mesa. Es una 
Dijeron algo...