Si hay algo que sigo sin entender es esa cosa que llamamos vocación. Esa necesidad de hacer de una actividad nuestro destino sin tener una mínima idea de por qué. O si hay un motivo termina siendo un tanto fatuo, una racionalización que no supera el mínimo análisis. Pero como sea, para muchos la elección está hecha y se mantiene. No hay vuelta atrás o parece no haberla.
Hablando en las últimas semanas con algunos colegas me encuentro con alguno que está cansado de laburar 12 horas por día, pero que dice que “es lo que hay”. Otro no se queja del trabajo ni —cosa rara— de sus jefes, sino de la gente que tiene a cargo. Un tercero sí no soporta a sus jefes, claro. Un cuarto está cansado de escribir sobre “cosas irrelevantes”, sobre boludeces. Y la lista podría seguir. Tal vez el problema entonces no sean los medios, tal vez el problema sean las expectativas, demasiado amplias para la pobre realidad.
Dijeron algo...