Rabia

23 12 2006

Hay una forma de pensamiento autoritaria, despiadada y compartida por algunos, incluso por muchos que dicen ser progresistas. No es algo nuevo, pero me cansé. Digo que estoy asqueado de aquellos que piensan que el mejor método para terminar con la rabia es matar al perro y que encima se creen defensores de los animales. Eso.




Derecha

3 11 2006

Cuando el presidente Kirchner dio su primer discurso luego de la derrota de Rovira en las elecciones de Misiones, una de las crónicas de ese acto soltó un dato que para muchos no dice nada, pero para otros deja al desnudo el doble discurso del Gobierno. La nota (no importa dónde se publicó ni quién la escribió, porque no es cuestión de alertar a los censores a los que se les escapó) dice que las costosas obras de ampliación de la ruta 3, en La Matanza, fueron adjudicadas a la constructora Petersen, Thiele y Cruz. Una información que lejos de ser insulsa o protocolar se vuelve elocuente.

La constructora es propiedad de Enrique Eskenazi, un viejito muy simpático y amante de la jardinería que hace unos años sólo tenía esa empresa, que no es poca cosa, y, caramba, el banco de Santa Cruz. Aquello le sirvió para conocer a Néstor Kirchner cuando sólo era un gobernador patagónico. Tan sólida llegó a ser la relación que las visitas del pingüino eran frecuentes a las oficinas de Eskenazi, en Cerrito 740 1º. Cuando todavía no era ni candidato a presidente era posible verlo caminar por allí, a la vuelta del Teatro Colón, sonriéndole a algún transeúnte que lo reconociera. En unos pocos años Eskenazi tuvo un crecimiento considerable. Se hizo del banco de San Juan, del de Santa Fe y en 2005 el Nación le cedió el control del BERSA. Ahora ya no se lo ve a Kirchner por allí, claro, pero sí sigue visitándolo el ex ministro de Justicia de Menem Elías Jassan.

No es que desconfíe del proceso de licitaciones por las obras en La Matanza. No, no, para nada. Ni tampoco me molesta la corrupción ni el doble discurso ni la mentira ni los desaparecidos en democracia ni la hipocresía. Nada de eso. Sólo escribo —como creen algunos necios— para sumarme al discurso de la derecha.




Pasantes

27 10 2006

Ruinas es lo que queda del mercado laboral periodístico, si es que existe algo que pueda llamarse así en la Argentina. Por eso debiera dar esperanzas la nueva idea del gobierno de Kirchner —publicada por Clarín— acerca de poner más límites al uso de las pasantías, porque, según el sagaz análisis del ministro de Trabajo, Carlos Tomada, se transforman “en un mecanismo de fraude laboral o de utilización de los estudiantes como mano de obra barata”. El problema no afecta sólo a este sector, claro. Pero uno lee la nota e ingenuo se alegra.

La alegría se desvanece al instante. ¿Cómo podrá funcionar la iniciativa si no existen controles sobre el actual régimen de pasantías? Aunque, pensándolo bien, difícilmente el Ministerio de Trabajo vaya a controlar adonde debe. Como algún diario nacional de muy buena relación con el kirchenrismo, donde la ley marco de pasantías se viola sin importar que es obra de la serie de reformas laborales del menemismo tan criticado en sus páginas: pasantes trabajando como redactores, con la misma carga horaria, y secciones en las que la proporción entre pasantes y redactores es casi idéntica u otras en las que en algún momento hubo editores y pasantes, ¿trabajadores? No, gracias.

Incluso es posible insistir en la ingenuidad y creer que algo va a cambiar. No, otra vez la realidad aparece implacable. ¿O acaso no existe un diario digital que intenta dar información regional, aunque no pasa de la propaganda K, en el que no hay un solo redactor, ni un solo trabajador formal, sino unos pocos editores y un ejército de pasantes que pueden trabajar entre 10 y 12 horas al día?

Tal vez ese medio no tenga nada que ver con el actual gobierno, pero tiene. ¿O no lo regentea el titular de una cátedra en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, rector de esa misma universidad, uno de los tantos candidatos a intendente de ese distrito por el Frente para la Victoria y, ay, todo en simultáneo, subsecretario de Medios de la Nación, Gabriel Mariotto? Un tipo que cada vez que recibe a alguien en su despacho de la Casa Rosada aprovecha la oportunidad para mostrar el balcón con vista a la Plaza, donde se siente un poco más cerca del General. Todo muy nacional y popular, o casi.




Autenticidades

1 09 2006

Recorrer una manifestación política y tomar testimonios de los concurrentes es una tarea interesante que desnuda lo que sucede en las bases más allá de los discursos desplegados en un escenario.

La “contramarcha” organizada por Luis D’Elía en contraposición a la de Juan Carlos Blumberg para que la gente bien pida mano dura dejó al descubierto algunas cosas, ciertas autenticidades.

Presentarse entre los integrantes de los movimientos piqueteros como periodista generaba rechazo. La respuesta era el silencio o, en el mejor de los casos, un “andá a hablar con aquel de allá, yo no te puedo decir nada porque tengo un dirigente encima mío”. Así, las organizaciones sociales kirchneristas mostraban militantes temerosos de hablar con la prensa y una verticalidad muy similar a la de las fuerzas armadas.

Pero las cercanías con los militares que estaban en la Plaza de Mayo eran más. Uno de los seguidores de D’Elía se olvidó del superior y accedió a dar su opinión sobre Blumberg: “¿Y qué querés? Si ese es un judío”. La apreciación era un error; el fascismo, auténtico.




Nombres

28 08 2006

Leo en el Último Momento de La Nación: “Ernesto deja 600.000 evacuados en Cuba”, y a continuación un cable de AFP sobre la tormenta que se esparce por el caribe.

A los muchachos del Centro Nacional de Huracanes de Miami (que es sólo nacional para los nacionales de Estados Unidos) se les agotaron los nombres femeninos para bautizar a las tormentas tropicales, huracanes, brisas y otras hierbas. ¿Quién habrá sido el cultor de la ironía que le puso Ernesto a una tormenta que va a golpear a Cuba? Seguramente el ingenioso se debe estar lamentando de que George W. no entienda la humorada que se le ocurrió con el nombre del Comandante. En fin.

También en alguna redacción se escuchó alguna risita disimulada. Es que allí Ernesto no es un nombre cualquiera. Incluso un editor jocoso amenazó con hacer un suelto de unas pocas líneas titulado, justamente, Ernesto. Claro que no pasó de la amenaza en voz baja, porque hasta las paredes escuchan.