Atrapado
10 04 2007Quienes me conocen saben que más de una vez digo haberme cansado de este oficio. Me cruzo con cosas que me molestan, y un poco por hacerme el gracioso y otro poco en serio me sale un: “Ah, no. Yo largo todo y me pongo estudiar derecho”. Lo de transformarme en abogado trata de ser parte del chiste, porque recuerdo que alguien alguna vez me dijo que a este país “lo manejan abogados y periodistas, ¿así que qué podemos esperar?”.
El otro día pensaba en cuántas posibilidades hay de que cumpla con eso de abandonar el periodismo y en cuáles podrían ser los impedimentos. La idea se me apareció mirando distraídamente la bandeja de entrada de mi mail. Sí, eso. Es que empecé a leer el listado de correos que guardo —los dejo ahí porque el espacio sobra y no me gusta borrarlos— y entre los que no forman parte de ninguna lista de correo, sólo aquellos que me envió alguna persona, por decirlo de algún modo, apenas 16 de los primeros 100 no tienen como remitente a algún periodista. Sin embargo, esos 16 me los escribieron por cuestiones de trabajo. Los 84 restantes son todos de colegas, pero sólo unos pocos tienen que ver con algo relacionado al periodismo. La mayoría son como los que intercambia cualquier persona con sus amigos: son para acordar una salida, para contar qué paso en estos meses que no nos vimos y demás cuestiones que van de lo insignificante a lo fundamental.
Entonces pensaba que ése sería tal vez el principal impedimento para alejarme de esto que elegí: que como cualquiera me construí un entorno, con la particularidad de que el mío tiene al periodismo como punto de contacto entre quienes lo conforman. Digo, no sé si está bien o mal, si estoy rozando o cayendo de lleno en alguna patología psiquiátrica, pero la cuestión es que estoy algo así como alegremente atrapado.
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