Nombres

28 08 2006

Leo en el Último Momento de La Nación: “Ernesto deja 600.000 evacuados en Cuba”, y a continuación un cable de AFP sobre la tormenta que se esparce por el caribe.

A los muchachos del Centro Nacional de Huracanes de Miami (que es sólo nacional para los nacionales de Estados Unidos) se les agotaron los nombres femeninos para bautizar a las tormentas tropicales, huracanes, brisas y otras hierbas. ¿Quién habrá sido el cultor de la ironía que le puso Ernesto a una tormenta que va a golpear a Cuba? Seguramente el ingenioso se debe estar lamentando de que George W. no entienda la humorada que se le ocurrió con el nombre del Comandante. En fin.

También en alguna redacción se escuchó alguna risita disimulada. Es que allí Ernesto no es un nombre cualquiera. Incluso un editor jocoso amenazó con hacer un suelto de unas pocas líneas titulado, justamente, Ernesto. Claro que no pasó de la amenaza en voz baja, porque hasta las paredes escuchan.

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Paranoia II

19 08 2006

Fueron varios los colegas a los que les comenté la situación inspiradora del texto anterior sobre el ministro preocupado por el epígrafe. Las respuestas fueron bastante variadas.

  • Aunque esos llamados para hacer “aclaraciones”, dicen, son más o menos normales desde el 25 de mayo de 2003, a una amiga que lleva unos 20 años de profesión y que tiene una mirada sumamente crítica de los modos de este gobierno le costó creerme:

—Andá a cagar —me respondió después de que le conté sobre el llamado.

—En serio —me defendí.

—¿Me estás jodiendo?

—De verdad.

—¿Y por qué?

—Porque no le gustó algo de una nota.

—Me jodés. Clark, no me jodas.

—No, de verdad. No te voy a mentir.

—Qué pedazo de hijo de puta. ¿Y qué te dijo? —aceptó finalmente.

 

  • Otro colega, redactor de política, puso cara de indiferencia:

—Que no te extrañe. Es bastante común que pase eso. Lo hacen seguido —trató de tranquilizarme sin demasiada preocupación.

 

  • El tercero al que se lo dije fue un editor. Esa gente que en alguna época defendía a sus redactores, a la tropa, y se hubiese enojado ante una situación así. Pues ya no lo hacen:

—Ah, ¿te llamó? Mirá vos. Me parece bien, eh. Yo reivindico el derecho de los funcionarios de mostrar que tienen una opinión distinta —entonces juntó los tacos y se fue.





Paranoia

16 08 2006

Es lunes, pero no me toca ir al diario y estoy en mi casa. Suena el celular. Del otro lado preguntan por mí. No distingo la voz que se identifica, pero lo conozco. Es la llamada que no esperaba, que no hubiese imaginado. Es el vocero de un ministro. Le digo que me sorprende, porque no estoy en el trabajo y no tenía mi número. Me explica que el ministro quiere hablar conmigo para hacer una “aclaración” sobre una nota publicada con mi firma. A mí, a un oscuro, muy oscuro periodista. El ministro —ya en el teléfono— me “aclara” que lo que dice el epígrafe de la foto de la nota, sí, el-epígrafe-de-la-foto-de-la-nota, no fue exactamente así. Dice eso y se queda conforme. Entonces, la frase se me hace más verdadera que nunca: Que seas paranoico no significa que no te estén persiguiendo. Ya saben: siempre hay un ojo siguiéndonos.





Yogurt descremado

13 08 2006

Bajo en calorías y desabrido. Así es el periodista yogurt descremado, una especie que habita algunas redacciones. La invención de la categoría no es mía, pero comienza a extenderse y a socializarse. El origen es un editor de política, habitual consumidor del sucedáneo de la leche bajas calorías. Al parecer, el tipo empezó a transformarse en lo que come. Incluso, muchos creen que el yogurt le reemplazó la sangre de las venas.

¿Cómo lo demuestra? Eso es lo peor. No lo demuestra, se le nota. Camina abatido por la redacción arrastrando su flaco y largo cuerpo. Nada le importa ni lo perturba, exhibe una mezcla de cinismo e indiferencia. Hay testigos: ni un principio de incendio que haga peligrar su vida lo inmuta. Le da lo mismo hacer una tapa que picar un cable. Uno lo ve y parece un fantasma, mientras con lentitud come su yogurt descremado.





Risas

9 08 2006

Siete de la tarde en la redacción. Los taxistas levantan el paro a cambio de un aumento en la tarifa. El editor mira los cables mientras pone la extraña sonrisa que dice “tengo una idea”. Me dirige la vista. Pregunta y ordena al mismo tiempo: “¿Por qué no vas a la calle a ver qué opinan los taxistas y los pasajeros? Seguro hay pasajeros indignados”, se relame. Mi resistencia es mínima, inútil. Vuelvo después de caminar una hora. Traigo algunos testimonios, el color para una crónica y algo de frío.

—¿Cuánto escribo? —pregunto.

—A ver… veintidós líneas.

—¿Eh, nada más? —cuestiono. Una nota corta es de unas cuarenta. Las veintidós, para una crónica y después de recorrer una hora la ciudad, sonaban a chiste. Pero era cierto.

—¿Qué querés? Si seguro que te sentaste en el bar de la esquina y los testimonios los inventaste –dice con tono de humorada. Entonces ríe y contagia las carcajadas a los que lo rodean. Yo también río.

—Ustedes dicen eso porque seguro lo hacían —sigo con el chiste.

Las risas continúan. Nadie niega mi acusación.





Perspectiva

4 08 2006

No son pocos los periodistas que han perdido la perspectiva. Y aunque lo han hecho en varios sentidos, el más peligroso es el que les indica para quién escriben. Aún asumiendo la existencia de múltiples interferencias, escribimos para el lector.

Una forma de tener consideración hacia el público es la creación de la figura del defensor del lector, difundida en algunos diarios españoles. Llega a tal punto la preocupación por quienes leen y sus críticas que en El País de España el ombudsman ha escrito ayer un artículo para explicar a cinco lectores que la fotografía publicada en una nota no era trucada. Muchos dudaron acerca del trucaje por las perspectivas de las sombras, que caían en diferentes direcciones. “¿Desde cuándo hay dos soles?”, preguntó uno de los detallistas. La respuesta fue que la imagen es real, a pesar de las sombras díscolas. ¿En cuántos medios argentinos se hubiese tomado en serio esa consulta?





Vida Ordinaria

3 08 2006

Lisandro Farías, el protagonista de El Banquete de Severo Arcángelo, de Leopoldo Marechal, es un periodista caído en desgracia. Luego de un profundo fracaso personal, intenta recuperarse participando en el gran banquete. Pero el tránsito hacia transformarse en uno de los comensales no es fácil. Si no, lean lo que dice, y lo que escucha.

Palabras de Lisandro Farías. “Oigan —les dije—-: soy periodista, y como tal inclinado a las aperturas de la democracia. Todo lo que sea indescifrable o hermético me produce un vómito de oficio.”

Palabras de Severo Arcángelo a Farías. “—¿Y cuál fue su cordura de hombre adulto? Escribir editoriales y notas con temas prefabricados e intereses ajenos. Usted sólo era una máquina de escribir al servicio dactilográfico de la Vida Ordinaria. También en la Redacción todo venía previsto: sueldos e ideas, viáticos y fervores.”