Pasantes

27 10 2006

Ruinas es lo que queda del mercado laboral periodístico, si es que existe algo que pueda llamarse así en la Argentina. Por eso debiera dar esperanzas la nueva idea del gobierno de Kirchner —publicada por Clarín— acerca de poner más límites al uso de las pasantías, porque, según el sagaz análisis del ministro de Trabajo, Carlos Tomada, se transforman “en un mecanismo de fraude laboral o de utilización de los estudiantes como mano de obra barata”. El problema no afecta sólo a este sector, claro. Pero uno lee la nota e ingenuo se alegra.

La alegría se desvanece al instante. ¿Cómo podrá funcionar la iniciativa si no existen controles sobre el actual régimen de pasantías? Aunque, pensándolo bien, difícilmente el Ministerio de Trabajo vaya a controlar adonde debe. Como algún diario nacional de muy buena relación con el kirchenrismo, donde la ley marco de pasantías se viola sin importar que es obra de la serie de reformas laborales del menemismo tan criticado en sus páginas: pasantes trabajando como redactores, con la misma carga horaria, y secciones en las que la proporción entre pasantes y redactores es casi idéntica u otras en las que en algún momento hubo editores y pasantes, ¿trabajadores? No, gracias.

Incluso es posible insistir en la ingenuidad y creer que algo va a cambiar. No, otra vez la realidad aparece implacable. ¿O acaso no existe un diario digital que intenta dar información regional, aunque no pasa de la propaganda K, en el que no hay un solo redactor, ni un solo trabajador formal, sino unos pocos editores y un ejército de pasantes que pueden trabajar entre 10 y 12 horas al día?

Tal vez ese medio no tenga nada que ver con el actual gobierno, pero tiene. ¿O no lo regentea el titular de una cátedra en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, rector de esa misma universidad, uno de los tantos candidatos a intendente de ese distrito por el Frente para la Victoria y, ay, todo en simultáneo, subsecretario de Medios de la Nación, Gabriel Mariotto? Un tipo que cada vez que recibe a alguien en su despacho de la Casa Rosada aprovecha la oportunidad para mostrar el balcón con vista a la Plaza, donde se siente un poco más cerca del General. Todo muy nacional y popular, o casi.

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Convencido

22 10 2006

Y la asamblea continuó. La primera parte la publicó primero Del ½ y luego la comenté aquí. Finalmente, el cuarto intermedio de apenas diez días llegó a su fin y la redacción de Página/12 retomó el debate abierto cuando Maximiliano Montenegro denunció en una asamblea que alguien envía sus notas al Gobierno para que las controlen antes de su publicación. Aunque ahora parece que no es tan así.

Es que Montenegro dijo haber hablado con la dirección del diario y que lo convencieron de que ellos no fueron los responsables de la “filtración”. Para él la cuestión se termina ahí. Claro, no todos estuvieron de acuerdo. Algunos le reclamaron que el tema ya estaba siendo debatido y le recordaron que fue él quien lo llevó a la asamblea. Por otra parte, si no fue el director del diario ni los editores, ¿cómo llegó la nota a un funcionario?

El diálogo entre Montenegro y el director del diario es un misterio. O no tanto. Al menos una parte se hizo pública desde el instante en que Ernesto Tiffenberg lo encaró a los gritos, una tarde bien temprano, en la redacción. Le vociferó cosas como que él no esperaba algo así, qué cómo iba a decir eso en una asamblea y que esa actitud le molestaba personalmente. Una táctica repetida: ya sin argumentos, recurrió a lo afectivo y personal. No obstante, Montenegro está convencido, dijo, de que su nota no llegó a despachos oficiales de mano de sus superiores. Eso sí, aprovechó la asamblea para mostrar cierta alarma porque el tema había aparecido en un par de blogs.





Fuentes

19 10 2006

“Nunca escriban en una nota que tal o cual fuente es «alta»”, dicen algunos de los que actúan como profesores de periodismo. Pero no todos escucharon la frase o la recuerdan. Entonces vemos por ahí que un periodista tiene información de una fuente y, a pesar de nombrarla, la fuente es, digamos, desconocida. No obstante lo ignoto del informante, el redactor ha encontrado un modo de solucionarlo. Sencillo: Fulano de tal, un prestigioso/destacado/importante/conocido lo que fuere, señaló a este medio que bla, bla, bla. Se adjetiva y ya. La fuente se transforma en la mejor que podría haberse encontrado.

Es que leí muy ligeramente la nota de tapa de Página/12 del martes pasado —que además pide a gritos otro tipo de análisis sobre la crisis de ese diario que supo ser vanguardia— y me encuentro con que Mariana Carbajal (pues sí, me ensañé) cita información obtenida de: “Beatriz Janin, reconocida psicoanalista de niños”, “Marisa Rodulfo, otra prestigiosa especialista”, “el prestigioso neuropediatra León Benasayag” y “la consultora IMS Health, una de las más importantes del sector”. Lo que se dice un abuso. ¿O será una cuestión de estilo?

En los primeros dos casos, los adjetivos sobran, porque Janin es, según la nota, “profesora de posgrado de la UBA y directora de la Carrera de Especialización en Psicoanálisis con Niños de la UCES en convenio con la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires”, y Rodulfo, “profesora de Clínica de Niños y Adolescentes y docente de posgrado de la Facultad de Psicología de la UBA”. Después, el doctor puede en efecto ser “prestigioso” y la consultora “una de las más importantes del sector” (de qué sector), pero nadie explica por qué merecen esos adjetivos, aunque quedan de lindos.





Eslabones

14 10 2006

El aire que se respira, viciado de peligro e incomodidad para el periodismo en la Argentina, no es una novedad. Tampoco se trata sólo de un discurso de la oposición. Es más bien una realidad con la que nos empezamos a topar cada día con mayor frecuencia.

Alguien me dijo que si un tema está vigente, entonces es muy posible encontrar hechos relacionados con ese tema que se suceden. Uno por aquí, otro por allá, uno más ayer y otro mañana. La cadena no se detiene.

Los eslabones más recientes están ahí, a la vista. Falta unirlos para tener la cadena que de seguir creciendo se transformará en una atadura de la que será difícil zafar.

Primer eslabón. El viernes pasado, Clarín publicó una nota sobre un informe de la OEA acerca de la libertad de prensa en la Argentina. La Comisión de Derechos Humanos del organismo nombraba “la existencia de una política discriminatoria en la asignación de publicidad oficial; recurrentes señalamientos de altos funcionarios contra la prensa; y las agresiones físicas y amenazas a varios periodistas y directivos de medios de comunicación así como a sus familiares”. Hasta donde sé, ningún ministro de bigotes y palabra fácil respondió públicamente al informe. Deben estar esperando la carta de la OEA, seguro.

Segundo eslabón. Un artículo de opinión publicado por La Nación el sábado y firmado por Alfredo Leuco reclama por “la baja intensidad de la libertad de prensa”. “Estamos en problemas”, dice Leuco. Y detalla los inconvenientes que detecta: desproporción en la asignación de pauta oficial, amenazas a empresas para que no pauten en determinados medios, restricciones a ciertos periodistas para ingresar a la Casa de Gobierno, inexistencia de las conferencias de prensa por parte del Presidente, agresiones y llamados a periodistas utilizados como sistema asfixiante, obstáculos a la aprobación de la ley de acceso a la información. Y más.

Nuestras cadenas. Apareció antes que los otros dos y sólo se publicó en el blog Del ½. El periodista de economía de Página/12 Maximiliano Montenegro denunció en una asamblea de los trabajadores del diario que algún funcionario del Gobierno tiene acceso a sus notas antes de que salgan publicadas, que alguien actúa como censor. Los inconvenientes de Montenegro no son nuevos: desde hace un tiempo, sus notas con información conflictiva para el poder K aparecen en Página/12 bajo el rótulo de “opinión”, a pesar de que son datos puros. Algunos otros redactores aprovecharon la ocasión para denunciar que sus notas también solían sufrir tachaduras.

Tal vez aquella asamblea sirva para cuestionarnos sobre en qué medida los periodistas está(mos)n aceptando la realidad y cómo se la enfrenta. Es que hay algunos detalles interesantes. Como que la asamblea no surgió de una rebelión ante la censura, sino que su objetivo inicial fue discutir si se prohibía o no fumar en el edificio del diario. O que a algunos redactores les molestó que lo sucedido se haya hecho público en un blog porque, dicen, debe ser algo confidencial. Y que como la asamblea se prolongó hasta cerca de las 20 y el cierre se acercaba se optó por pasar a un cuarto intermedio de… una semana. Claro, el tema requiere celeridad, no hay dudas.





Paradójico

10 10 2006

Chocan un micro y un camión. Resultado: doce muertos y 41 heridos. Ingredientes adicionales: 1) la mayoría de los muertos son adolescentes que iban a colaborar solidariamente con otros adolescentes envueltos en la pobreza y el olvido; 2) el presunto culpable de la tragedia es el conductor del camión que, estiman los testigos, iba borracho o dormido.

Junto a la nota del desastre, Página/12 publica una crónica del duelo en el colegio y —como suele hacerlo— el análisis de un académico. Esta vez consultaron a Alicia Entel, directora de la Fundación Walter Benjamin, sobre el tratamiento que los medios hacen de estos temas.

Y se lee:

El medio siempre va a intentar reflejar lo cruento y la sangre. Por distintos motivos. Para recabar más información, si lo pienso desde el lado más ingenuo. O porque se parte de la suposición de que reflejar cierta truculencia puede ser tapa y vende más. Pero la responsabilidad social de los medios no es mostrar a un padre llorando sino las condiciones de producción de la tragedia. La investigación, por respeto al lector, pero lamentablemente no es lo más frecuente.

¿Y por qué cree que es así?

–No es porque no le interese al mercado. Es porque la profundidad de la investigación requiere más tiempo, y más tiempo es más inversión. Hay que decidir sacar dos periodistas de la competencia de las noticias y colocarlos a investigar.

No sorprende lo que dice acertadamente Entel, llama la atención, sí, que hayan publicado tan interesante (auto)crítica a los medios. Aunque, quién sabe, tal vez se trate de un efecto paradójico de lo mismo que se critica: poca inversión, escasa gente editando y, bueno, algunas cosas pasan inadvertidas.





Nota

6 10 2006

“Che, ¿cuánto hace que no se cae un avión?”, bromeaba el editor cada tanto, como si en cada repetición el intento de chiste fuese más gracioso. Lo preguntaba haciendo referencia a alguna estadística que dice que cada determinado tiempo, por algún motivo, un avión se viene abajo y unos cuantos mueren. “En serio, hace mucho que no se cae uno. Si la estadística es cierta en cualquier momento van a caer veinte juntos”, seguía, logrando alguna risa cómplice.

La muestra de cinismo, que aparece con facilidad, demasiada facilidad, en el carácter de algunos periodistas, le iba a jugar una mala pasada. Por fin dejaría al descubierto su relación con la profesión.

Fue cuando lo del avión de la empresa brasilera Gol. ¿A qué hora se supo que cayó? ¿A las 21? Más o menos. Lo suficientemente tarde como para complicar el cierre de un diario y para alterar al editor divertido.

—¿Viste? Parece que se cayó un avión en Brasil —le dijo alguien mientras él miraba la cablera— Hay como 150 muertos.

La novedad tardó unos pocos segundos en encontrar su entendimiento. Entonces, se puso irremediablemente nervioso, su rostro se volvió rojo, como si no tuviese delante una noticia: “¡No, la puta madre! ¿Y ahora qué hacemos?”, soltó, desesperado. Esa vez no hubo chiste sobre aviones y nadie se atrevió a responder lo que varios pensaron: “Una nota hacemos, una nota”.





Empresa

2 10 2006

“Fontevecchia piensa que puede hacer un diario con dos bolivianos y un paraguayo”, me dijo una vez una amiga que trabajó en la editorial Perfil. En una exageración de corrección política, le reclamaba por la xenofobia de la frase y ella me decía que claro, que tenía razón, pero es lo que piensa Fontevecchia.

El problema es que la idea de que se puede hacer un medio con dos pesos se extendió con violencia. Por donde se mire hay empresarios periodísticos persiguiendo la máxima del capo de Perfil. Y no sólo. También los periodistas con el mismo pensamiento, identificados con la empresa en la que trabajan en grados escalofriantes, se multiplican velozmente en las redacciones.

Teniendo en cuenta que los periodistas con algún poder de decisión deberían ser los encargados de buscar algún equilibrio —oponiéndose a ciertos intereses empresarios— estos personajes pro empresa son un riesgo para los trabajadores de prensa y para la profesión. No contratan trabajadores indocumentados, pero hacen diarios a fuerza de pasantes explotados.

Para aclararlo un poco, son esos tipos que antes de mandar un cronista a cubrir una nota piensan en cuánto va a costar el taxi. Para ellos, nada mejor que otra frase de la misma amiga, aprendida en la misma editorial: “La empresa no te pide tanto”.